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Las Ligas Menores en el Lunario: menos nostalgia, más verdad

Texto y Fotografías: Daniel Tostado

El pasado 29 de junio, mientras la ciudad se sacudía la humedad de un domingo lluvioso y la quincena seguía sin llegar, Las Ligas Menores cerraron el mes con un concierto íntimo y entrañable en el Lunario del Auditorio Nacional. Sin teloneros ni preámbulos, la banda apareció directamente sobre el escenario como quien llega a una casa conocida, pero con energía nueva.

Era su primera presentación en la CDMX con esta nueva formación. Ya no estaban los miembros originales. Solo Anabella Cartolano, al frente, cargando no solo con el nombre y las canciones, sino también con el peso simbólico de una ruptura que, hasta hoy, sigue sin aclararse del todo. No sabemos si los demás integrantes se fueron o fueron invitados a irse, pero lo cierto es que ella quedó sola al mando. Y esa soledad se nota… para bien.

Porque lo que se vivió en el Lunario no fue un intento de replicar la vieja fórmula. Fue más bien una declaración emocional. Un concierto breve —hora y media aproximadamente— pero contundente, que no sonó a nostalgia ni a tributo, sino a comienzo.

Presentaron canciones de su nuevo disco, A esta altura, lanzado apenas el 20 de junio. Un álbum melancólico, sensible y lleno de texturas que logran sonar cercanas sin ser simples, atmosféricas sin perder dirección. Las nuevas canciones se entrelazaron con suavidad entre los temas ya conocidos, y lo hicieron con la soltura de quien no busca robarle protagonismo al pasado, sino darle continuidad desde otro lugar.

¿Cómo suena ahora Las Ligas Menores? Como una banda indie con energía lo-fi, con capas de arreglos que viajan del grunge tenue al space rock, y en un giro inesperado, se permiten coquetear con el tontipop sin despeinarse. Hay algo deliberadamente frágil en su sonido, como si todo pudiera romperse en cualquier momento… pero no lo hace. Eso es parte del encanto.

La voz de Anabella flota por encima de las guitarras como un hilo fino pero firme. Se nota que no está aquí para demostrar nada, sino para compartir. Y eso basta. Hay honestidad, atmósfera, y canciones que se sienten como confesiones suaves en medio del ruido del mundo.

¿Fue un concierto perfecto? No. Fue algo mejor: fue honesto. Fue una banda en transición, tocando con lo que tiene —que es bastante— y proyectando lo que viene. No se trató de mirar atrás, sino de seguir andando, incluso si el camino se siente distinto.

Enhorabuena a Las Ligas Menores por este nuevo capítulo. Que sigan haciendo música desde ese lugar donde habita lo verdadero, lo sutil y lo profundamente humano.

Disfruta de las fotos. Los comentarios son gratis.

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